Parece que así yace el estado de las cosas: el río es enorme, se funde en el horizonte. La violenta correntada fue cruel y arrasó con la poca vida que habitaba aquellas aguas turbias. Ya no hay nadie y nado contra la corriente, luchando por no dejarme ir hasta caer en el vacío abisal. Nos encontramos de improvisto mordiendo en anzuelo. La única salvaguardia posible. Quizás nos atrajo la promesa de que, entre tanta misera, estaba en cada uno lo que buscábamos. En esa reciprocidad azarosa y, por eso, insostenible fue que tropezamos. Pero la carnada es agría en la boca. Corroe las vísceras y deshace la sustancia. Te soltás con audacia y bajo la inconsciencia de la otra presencia. Ella queda enganchada y se vuelve presa. Nos ataron los destinos con una plomada ligera que fácilmente se desprendió de la tanza y desapareció allá, a lo lejos. Entre tantas cosas que nunca más se recuperan.-
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sábado, 8 de marzo de 2014
viernes, 29 de noviembre de 2013
Uno, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho,
nueve...¡diez!
¡El que no se escondió se embroma!
El niño cuenta. Uno, dos, tres, cuatro. Diez. Se pasea entre los arbustos, se asoma sigilosamente por cada rincón del patio e incluso trepa un tapial. Pero nadie. Ni un suspiro. Nadie exhala una sola bocanada de aire. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, siete, diez, quince, veinte. Lo que sea. Quien cuenta en las escondidas da el ultimátum. Advierte sobre los peligros de descubrirte. Uno, uno y medio, dos, dos y medio. Escondida espero contando al acecho de convertirme en una presa de éste juego infantil. Tres, tres y medio, cuatro, cuatro y un cuarto. Estoy frente a vos. Pero mi presencia es tan espectral (o al menos para vos) que no me ves. Cuatro y dos cuartos. Espero. Cuatro y tres cuartos. Nada. Prolongo oportunidades. Cuatro y tres cuartos de nuevo. Cuatro y cuatro cuartos y sino me descubre me delato yo. Cuatro y cuatro cuartos. No me atrevo. Cinco y una centésima. Un microsegundo en el que cuento esperando que me descubras. Un cuarto más y tanteas mi escondite. Un error. No lo percibís. En cambio a mí, el corazón se me dispara por el pecho. Casi me encontraste. Me asomo un poco más, retorciendo las reglas de las escondidas para que me encuentres. Él advierte. Yo me escondo otra vez. Cincuenta, cincuenta y medio. Él busca pero no sabe dónde. No conoce el alma que se le escurre entre los dedos. Trescientos, cuatrocientos, mil. Suficiente. Me levanto del escondite, corro a toda velocidad, lo supero. Toco el tronco del árbol y le grito: A salvo.

martes, 24 de julio de 2012
De repente se olvidó de todo, incluso de su nombre y su pasado que antes tanto la había atormentado. No había nada en el mundo excepto la visión de ese puente dividiendo las aguas que reflejaban esos vetustos edificios de roca. Había árboles. Y los árboles contrastaban con los tonos sepia del paisaje. Era un paisaje tan triste y tétrico que ella no sentía absorber esa tristeza, sino que veía en él el color del alma propia. Se quedó prendida a la visión y sus ojos risueños recorrieron cada detalle de ese lugar. Las palabras se encerraron y enmudeció a penas se dio cuenta dónde estaba, ¿sería posible que estuviera allí, en su anhelada Praga, su posible lugar en el mundo? ¿cómo? ¿cuándo pasó? ¿con qué dinero? Las preguntas comenzaban a aclararle la mente. Pero sentía que se ahogaba, le faltaba el aire. Hasta que sintió un sacudón: dos manos le jalaban los hombros y la llevaban a la superficie. Era su madre quien la enderezó en sus pies y rompió el hechizo. En realidad, ella se había arrodillado en la vereda de una agencia de turismo para contemplar durante minutos la foto de esa ciudad que colgaba en el vidrio. Su mamá la tomó de la mano y la atrajo hacia su cuerpo. Ella torpemente la abrazó, giró la cabeza hacia la calle y el calor de Santa Fe le besó la frente. Dio sus primeros pasos por la avenida y tropezó. La realidad descendió con violencia hacia mi cuerpo.
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