
Lo que sucede con Anna Karenina es que Joe Wright quiso innovar en el cómo. Se cansó de ser el director inglés de planos excesivamente fotográficos y el lenguaje de las manos. Entonces, tomó la historia de Léon Tolstoi y la teatralizó: durante dos horas los personajes se pasean con gestos burlescos por las tablas de un teatro, mientras éste va rotando en distintos escenarios. Toda una novedad (que ya planteó con éxito Lars von Trier). Pero lamentablemente, Wright se encandiló con la idea del formato y se olvidó de contar el qué, la historia.
