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jueves, 21 de febrero de 2013

Anna Karenina: la forma congeló la esencia

Admitamos la sinceridad desde el comienzo: nadie quenoseacineasta repara en tecnicismos relacionados a la dirección. No interesan. Hay un guión, un grupo de actores, la escenografía y un director que se carga ese meollo para organizarlo y darle, al menos, una forma coherente. El director es quien cuenta la historia, lo realmente importante; pero también lo hará de una manera singular si quiere sobresalir del montón.

Lo que sucede con Anna Karenina es que Joe Wright quiso innovar en el cómo. Se cansó de ser el director inglés de planos excesivamente fotográficos y el lenguaje de las manos. Entonces, tomó la historia de Léon Tolstoi y la teatralizó: durante dos horas los personajes se pasean con gestos burlescos por las tablas de un teatro, mientras éste va rotando en distintos escenarios. Toda una novedad (que ya planteó con éxito Lars von Trier). Pero lamentablemente, Wright se encandiló con la idea del formato y se olvidó de contar el qué, la historia.

lunes, 8 de octubre de 2012

Albert Nobbs


Albert Nobbs contempla con los ojos bien abiertos el pasillo del hotel buscando un desperfecto. Nobbs es un hombrecillo meticuloso, solitario, detallista y cuidadoso. Para él, un mayordomo de primera, todo tiene que estar en orden y siempre igual. Sus días transcurren recibiendo y acatando las órdenes de su patrona y de los residentes de un hospedaje en la Dublin (Irlanda) del siglo XIX. Sin embargo, durante las noches, Albert se dirige religiosamente hacia su habitación, se encierra con llave, saca una libretita, anota un par de números y esconde su propina debajo de una madera que arrancó del suelo. Es evidente que el Señor Nobbs oculta un secreto.