"La historia de mi vida no existe. Eso no existe.
Nunca hay centro. Ni camino, ni línea.
Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo,
no es cierto, no hubo nadie"
Una adolescente de 14 años y un hombre de 30 y pico se unen por el azar para mantener una relación donde la cuestión legal, los prejuicios culturales, la condena social y la sordidez familiar se funden en un caldo de cultivo que anticipa una fatalidad abiertamente esperada. Ella liberal, él inútil. Ella sola, él capaz de amarla con facilidad. Cuando tropecé con El Amante hace 3 años, estaba llena de prejuicios muy explicados por el propio nombre del libro (el hecho de llamar una novela “El Amante” me daba todos los motivos para pensarla parte de la literatura rosa de 12 pé, por la que se cuelan arañas entre sus páginas “inleíbles” – sin importar cuán francesa sea).
Sin embargo, las primeras líneas del libro de Marguerite Duras ya resultan fascinantes. De alguna manera, ella reconoce a ella: consciente de su temprana adultez, consciente de su arrollador carácter, de la madurez de su pensamiento, de su miseria, de vivir una vida sin linealidades; en fin, de estar condenada a un futuro que sólo ella puede alterar en cierta medida (o sea, mínimamente). Hay algo en ese "reconocerse" a través de las palabras que ya de por sí es valiente y muy elogiable porque realmente se necesita de un enorme coraje para hablar de uno mismo y revelar los pesares del alma con la honestidad que los reveló Duras cuando, en El Amante, narra una parte de su adolescencia en la Indochina Francesa. Esa honestidad que mezcla realidad y ficción se vuelve veraz cuando ella, mujer, se desdobla en la narración, reconociéndose y desconociéndose, comprendiéndose y describiéndose. Estando en contacto con sentimientos y deseos ocultos pero también viéndose de lejos, desde allá donde trata de entender (y no) porqué esa niña adulta actuaba como actuaba.
En El Amante, Marguerite Duras consigue relatar un fragmento de su vida que oscila entre lo real y la ficción pero también en el recuerdo. Por eso, "vomita sus pensamientos" expulsándolos en un orden caótico que se funde en bifurcaciones narrativas de un alma solitaria, oscura y arrepentida. Y entre ese caos sugestivo, aparece un director de cine poco prolífico como Jean-Jacques Annaud firmemente decidido a hacer de un libro una sobria película. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo revelar el alma de una mujer y exponerla en una pantalla? ¿bajo qué supuestos enfocarse? ¿en qué anclar?
