Constantemente se me ha criticado porque en mis
escritos (no estos, otros impublicables en este contexto) nunca doy una excusa para explicar
hechos. Sino que discurren así. Porque sí. Porque suceden sin necesidad de tener
algún timón movilizador que sea evidente. “Pasa porque pasa”, respondo secamente. Y es
que uno de los rasgos que más odio de mí es mi incapacidad de tener imaginación
“fantástica”. Entonces no me sale o más bien, me rehúso a buscar explicaciones
lógico-causales. Y pienso en significantes. Todo el tiempo. Me obsesiona un
poquito la idea (¿menos rebuscada?) de que un color, una textura, un sonido, una expresión, un
olor o una fecha pueden –de repente- revolver el baúl de recuerdos de nuestra mente. La
mayoría de las veces es nostálgico o doloroso.
