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sábado, 6 de julio de 2013

A pesar de todo, queremos tanto a Haneke

"Shubert era bastante feo, ¿sabías? 
Con tu apariencia nada podría herirte."

(Atención: se revelan detalles de La Pianista.)

Desde hace poco empezó a germinar en mí una cierta fascinación por Haneke. No es grande como la de Tarantino, Miyazaki o Wong Kar Wai, sino que es tenue y tiene que ver con su capacidad para elaborar personajes tan complejos pero tan claros al mismo tiempo. Fáciles de entender, ya sea por cómo se comportan, por sus expresiones faciales y, en menor medida, por aquello que dicen. 

En un pequeño y viejo post, ya remarqué el valor dramático de las acciones que realiza Georges en Amour (quienes la vieron, sabrán a qué me refiero, sobre todo a la famosa escena del almohada) y que, en cierta medida, es lo que lo define como persona. 

La música también se hace un lugarcito puesto que Georges y Anne eran profesores de piano. Me gusta que Haneke no utilice la música clásica para manipular emociones malogradas y que no la vuelva la panacea del mundo. La música tiene una utilidad o instrumentación concreta y en La Pianista -película, por cierto, ultratrangresora para la fecha- su personaje la toma de la misma forma que él: con pasión, pero con clara y racional ejecución.  

viernes, 5 de julio de 2013

Quiero tener una historia


Detrás de Der Himmer über Berlin o Las Alas del Deseo (como la conocemos en Argentina), hay una anécdota curiosa. Win Wenders quería hacer una película en Berlín sobre ángeles y un muro. Ilusionado ante la poética de la idea, Wenders se acercó a su amigo, el guionista Peter Handke, pidiéndole que se encargara de escribir el proyecto. Pero Handke no pudo. Se sentía impotente ¿ángeles que sobrevuelan Berlin en la posguerra? ¿aún no quedan escombros tan potentes y dolorosos sobre ese pasado?

lunes, 4 de marzo de 2013

Pero el amor...


"Pero el amor, esa palabra…" ¿qué archiva la palabra? ¿qué significado completa el significante? El amor… un sentimiento tan primitivo, tan recíproco. El amor como una isla entre dos profesores de música retirados que viven en un departamento sobre las calles parisinas. Tan hermético pero tan trascendental es ese sentimiento que comulgan Georges y Anne. Traspasa crisis económicas, la dinámica superficial de la juventud, los intereses e incertidumbres contemporáneos.

Haneke no es un hombre de guiones ornamentados con frases recicladas que vacían el concepto. Es un hombre que expresa al amor como verbo que va dosificándose a través de gestos. El amor es aquello que In a Lonely Place (1956), Dix le explicaba a Laurel: Ellos no están siempre diciéndose cuán enamorados están. Una buena escena de amor debe ser acerca de algo más que el amor. Por ejemplo, ésta: yo preparándote el desayuno. Vos sentada allá, aturdida, media dormida. Cualquiera que nos mirara podría decir que estamos enamorados.

En Amour, el amor se rastrea tanto en gestos microscópicos y desinteresados (acostar a Anne, ayudarla con sus ejercicios, darle de comer en la boca, llevarla al baño, levantarla del suelo cuando cae, abrazarla fuertemente cuando enloquece de rabia porque se hizo pis en la cama) como en acciones enormes, es decir, sacrificios y promesas que, por más punzantes que sean, no conocen la noción de tiempo. Volviendo a In a Lonely Place, el amor es verbo y sentimiento leal, puro, exclusivo y constante. Es una escena siempre omnipresente, aquella que por eso, Dix no encontraba lugar en el guión:  "Nací cuando ella me besó. Morí cuando me abandonó. Viví unas semanas mientras ella me amó." Quiero ponerlo en el guión, pero no sé donde.

martes, 27 de septiembre de 2011

Die Welle.

Personalmente, me impactó muchisimo esta película. Como ya dije sobre Copia Certificada, el cine es  arte y el arte nos interpela en maneras diferentes. Todos somos sujetos irrepetibles: vivimos, pensamos, actuamos de formas distintas y cada vez que encontramos en los otros ciertas similitudes, instauramos lazos muy fuertes (así de vanidosos, también somos). Y como sentimos diferente por el simple hecho de ser diferentes, una película despierta diferentes emociones. Como dijo Shakespeare, "todo depende del cristal con que se mire". En post anteriores sostuve que Medianoche en París me hablaba de los sueños que abrazamos con algo de ingenuidad, pero con insistencia a lo mejor se cumplen; en In The Mood for Love afloraba el insoportable  sentir de un amor inconsumado; en Tropic Thunder me descollaba de la risa y con La Tumba de las Luciérnagas tenía la necesidad de expulsar las lágrimas para limpian el alma que, a veces, suele pesar.

 En Die Welle, creo que se debe a que particularmente tengo -y no lo niego- sentimientos fascistas cada vez que me frustro por democracias corruptas que en realidad no garantizan ningún bienestar en la sociedad. Veo violencia. Veo inseguridad. Veo inestabilidad laboral y saqueos a todos nuestros recursos naturales. ¿Qué NO sentir ante tanta incertidumbre en el horizonte? Y es ahí cuando aparece la irracionalidad de las emociones. Siempre presente en cada uno de nosotros, dispuesta a arrollarnos con el odio inexplicable. Siempre latente. Y por eso, Die Welle.